Esta estampa observaba sin preocupaciones un chico puesto de pie el borde de un muro. Pese a lo inverosímil de su postura, estaba cómodo, pues sus movimientos eran dignos de un gato. Igual que sus ojos, de pupilas rasgadas, que miraban el cielo de aquella selva mesoamericana, rodeados de unos iris del color del jade.
Por eso todo el mundo le llamaba “el Felino”